Cómo mejorar la convivencia escolar

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El vivir en sociedad implica habitar con otros en un mismo lugar. Esto nos lleva a una realidad inherente: la convivencia entre tantas y distintas formas de ser, la interacción entre nuevos grupos sociales, personas de diferentes nacionalidades, credos, costumbres, ideas e intereses. Y esto, no solo lo encontramos en grandes sociedades, lo encontramos en nuestro pequeño ambiente escolar y la finalidad real es que debemos aprender a convivir saludablemente a pesar de todas estas diferencias. Pero, ¿qué hacer frente a la realidad de pertenecer a una sociedad tan cambiante?

Al mirar este aspecto en las relaciones del ser humano es necesario recordar que en la construcción de nuestras relaciones sociales es importante la presencia de “el otro”, o sea, nuestro prójimo, con quien nos relacionamos y de quien aprendemos. La convivencia social es un aprendizaje. Por tal razón, hay que buscar herramientas socioemocionales que nos permitan enfrentar los cambios que hay en nuestra sociedad y por ende, en el ambiente escolar.

Si analizamos detenidamente lo que ocurre en nuestra sociedad veremos un sinfín de hechos que demuestran un gran deterioro de las relaciones sociales: acciones criminales, violencia, suicidios, inseguridad ciudadana, depresión, ansiedad, etc. Todo esto se relaciona con el buen o mal manejo de nuestras emociones. Los maestros podemos trabajar en la prevención de estas malas acciones durante la formación escolar, ayudándolos a enfrentar correctamente las diversas situaciones negativas que puedan generarse entre compañeros.

Para desarrollar de manera integral a nuestros estudiantes, debemos dar énfasis al desarrollo emocional, que muchas veces ha quedado olvidado en el quehacer educativo. Aquí se fija la importancia del rol del maestro en la construcción de una buena convivencia en el aula a partir del desarrollo emocional  para fomentar una sociedad más saludable.

Campos, (2012) nos refiere que las emociones son los mecanismos que utiliza el cerebro para actuar, bajo una situación de emergencia, o ante situaciones cognitivas sociales. Son reales y no están separadas del cuerpo: te motivan a una conducta específica, que puede ser tanto positiva como negativa, en función del contexto social. Influyen significativamente en la motivación, en el aprendizaje, en la memoria, en la toma de decisiones, en las formas de pensamiento, en todos los sistemas del cuerpo y en el movimiento. Pueden ser innatas o aprendidas y todo lo que se refiere a su desarrollo, expresión o regulación, se relaciona directamente al proceso de neurodesarrollo”.

Como maestros debemos comprender que si queremos enseñar a nuestros estudiantes a convivir en sociedad primero debemos hacerlo nosotros. Para esto debemos tener en cuenta tres competencias importantes del desarrollo emocional:

  • Percepción de emociones. Aunque los seres humanos tengamos diferentes culturas, idiomas, costumbres e ideas; las emociones son las mismas. Todos sentimos miedo, alegría, tristeza, ira, sorpresa y asco. Por lo tanto, debemos reconocerlas para luego ayudar a nuestros estudiantes a lo largo de sus diferentes años de estudio, a reconocerlas en ellos mismos.

  • Comprensión de las emociones de otros. Al reconocer mis propias emociones podré identificarlas también en los demás. Este es el momento en el que puedo desarrollar la empatía. Saber que de la misma manera como las emociones influyen en mí, lo hacen en los demás y así como quiero que se interesen en mí, debo interesarme en las necesidades de los demás. Saber que hay acciones que pueden dañar a la otra persona, entonces decidir no hacerlas.

  • Regulación de emociones. Es importante tener presente que solo se puede regular lo que se conoce. Si logro identificar mis emociones en diferentes momentos de mi vida podré tener en cuenta que debo regularlas para dominar mi conducta de manera apropiada. Esto incluye el dominio propio sobre la impulsividad (“Airaos, pero no pequéis”. Efesios 4:26), la tolerancia entre personas que son diferentes y que no comparten mis ideas, (“¡Mirad cuán bueno y agradable es que los hermanos vivan en armonía!” Salmo 133:1) y a la vez la intención de descubrir que a pesar de las situaciones difíciles que haya que afrontar, hay cosas lindas que podemos disfrutar (“Buen remedio es el corazón alegre, pero el ánimo triste resta energías”. Proverbios 17:22).

Cuando estas competencias estén internalizadas en el maestro, entonces estará capacitado para  generar una convivencia escolar saludable.

El desarrollo de estas competencias serán desarrolladas en el aula por precepto y ejemplo. Nuestros estudiantes no solo aprenden de lo que escuchan, ellos aprenden de lo que ven.

Estudios recientes han encontrado un sistema de neuronas espejo que se activan cuando se observan diversas acciones o expresiones emocionales de otras personas las cuales se suelen imitar de forma consciente o aún inconsciente.

Los maestros, a través de sus propias experiencias, pueden enseñar a sus estudiantes a controlar  y expresar de manera respetuosa sus emociones para así generar una convivencia saludable. Reconocer que siempre habrá un “otro” en quien debemos pensar y respetar.

La Biblia nos dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Allí está la base de todo, y ¿cómo conseguimos amar? “Dios es amor”. Dios es la fuente inagotable del amor y todo aquel que quiera reflejar su carácter en sus relaciones con los demás debe mantenerse unido a él.

El rey David dijo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno”. Salmo 139: 23, 24.

Todos, maestros y alumnos, necesitamos entender que hay aspectos equivocados en nuestra vida que debemos cambiar. Nosotros mismos no somos capaces de identificarlos y muchas veces en nuestras relaciones el egocentrismo tiene la supremacía. Si reconocemos que debemos cambiar y nos aferramos de nuestro Dios, nuestras relaciones con los demás mejorarán.

Finalmente, siempre ten una caricia, no necesariamente física. Puede ser una palabra de ánimo, de elogio, de empatía, de consideración o simplemente una mirada de compasión. La Biblia nos dice que Jesús sentía compasión por las personas, las amaba y buscaba hacerles el bien.

Todos debemos comprender que para ser felices debemos hacer felices a los demás.

Campos, A.L. (2012). Lo que nos hace humanos: emociones, sentimientos y comportamientos. Cerebrum. Lima, Perú.

Acerca del autor:

Maestra del Nivel Primario de la Escuela Adventista de Miraflores, Lima, Perú. Licenciada en Ciencias de la Educación en la Universidad Peruana Unión y Magíster en Psicología Educativa.

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