Superpoderes – Octubre 2016

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Superpoderes – Octubre 2016
Todos tenemos superpoderes, sólo tenemos que saber reconocerlos; y estos son mejores cuando los usamos para ayudar a los demás.

Hacía unos cuantos días que Diego estaba aburrido. Él miraba a todos los integrantes de su familia y veía que todos tenían algún superpoder,  menos él. ¿Qué habría sucedido? ¿Será que no era de aquella familia? Él ya desconfiaba de eso.

El papá tenía una fuerza descomunal para abrir los más desafiantes frascos de aceitunas. También era capaz de cargar paquetes y más paquetes de las compras de mamá. No. Definitivamente, Diego no tenía toda esa fuerza.

En relación con la mamá, con su poder de multiplicarse, ella podía trabajar afuera de la casa y, además, hacer todas las tareas del hogar: arreglar, lavar, planchar, cocinar, limpiar, barrer… ¡Pero Diego tampoco había heredado ese poder!

El abuelo podía viajar en el tiempo. Con su poder, él se acordaba de increíbles acontecimientos del pasado. ¡Era fantástico!

La abuela tenía mucha agilidad para solucionar situaciones complicadas. Y, por eso, ella misma ya lo había protegido a Diego para que no entrara en dificultades.

Diana, la hermana más grande, estaba dotada de un impresionante poder que la ayudaba a ganar medallas. Ella corría, y parecía más rápida que la velocidad de la luz.

Hasta el hermano más pequeño, Danielito, tenía superpoderes. Lo de él era la invisibilidad. De vez en cuando, desaparecía; y acababa siendo encontrado algún tiempo después dentro de los armarios, tirando al suelo todo lo que encontraba al alcance de su mano.

–¿Qué pasó, Diego? —le preguntó la mamá cuando lo vio tirado en el sofá.

El muchacho reveló su angustia. ¿Cuáles son mis superpoderes? ¿Es que no tengo ninguno?

–¡Sí, hijo! Tú tienes muchos poderes —lo tranquilizó la mamá—. Solo que no estás logrando identificarlos.

¡El niño se llevó un susto!

–Entonces, ¿cuáles son? —quiso saber él.

La mamá acercó una silla y se sentó frente al muchachito.

–¿Te acuerdas de doña Filomena y don Patricio? Estuvieron el otro día aquí en casa y trajeron tu torta preferida. ¿Recuerdas por qué hicieron eso?

–Cierto. Ellos dijeron algo… Pero ya me olvidé.

–Dijeron que estaban encantados con tu forma de tratarlos. No todo el mundo trata a los ancianos con cariño y respeto. Infelizmente, no todos dicen: “con permiso”, “por favor”, “muchas gracias” o “discúlpeme”. Pero ellos te elogiaron porque tú haces todo eso, y eres muy gentil con ellos.

–Eso no tiene nada que ver con superpoderes, mamá… —argumentó Diego.

–¿Cómo que no? ¡Tú eres supereducado!

El muchachito dibujó una sonrisita.

–¿Y te acuerdas cuál fue tu nota en Matemática en el último trimestre?

–9,5

–¿Y en Ciencias?

–10

–¿Lo ves? Te fue muy bien, también, en las otras materias. ¿Sabes por qué? ¡Porque eres superestudioso! ¡Tu papá y yo estamos muy felices! Eres un excelente alumno y un hijo muy especial.

Diego bajó los ojos, medio avergonzado, pero muy contento porque su esfuerzo era reconocido.

–¿Qué fue lo que sucedió el último domingo aquí en casa, te acuerdas? —preguntó la mamá.

–Miramos una película…

–¿Quién la miró?

–Marcos, Pablo, Mauricio y Roberto.

–Ustedes siempre fueron muy buenos amigos, ¿verdad?

Riéndose, el muchacho se acordó de varias aventuras que los cinco habían vivido juntos.

Lo somos, ¡de verdad! Hemos pasado por muchas cosas juntos. ¡Es muy bueno tener amigos!

–Tienes un montón de amigos, ¡porque eres supergenial!

De pronto, Diego entendió a dónde quería llegar su madre con aquella conversación llena de preguntas, y sonrió para abrazarla.

Ya no estaba triste ni aburrido. ¡Ahora Diego estaba feliz! Había descubierto que también tenía muchos superpoderes. Y decidió usarlos siempre que tuviera oportunidad.

Acerca del autor:

Gerencia de Educación de Editorial ACES. Edita y distribuye libros de texto, recursos didácticos y contenidos digitales para la red de Educación Adventista de Sudamérica.

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