La princesita enferma – Mayo 2016

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¿Conoces a alguna princesa? Existen muchas en el mundo. ¿Conversaste con alguna de ellas? Eso es algo bastante difícil, ¿no es verdad? Muchas niñas sueñan con ser princesas, pero no conocen a la princesa de esta historia, que escuché cuando era pequeña.

Esta princesa era linda y rica. Tenía tantas joyas que ni sabía decir cuántas eran. Tenía muchos animales: pájaros, perros, caballos; pero no tenía permiso para cuidarlos. Los encargados del castillo hacían eso por ella.

¡El reino crecía y crecía! El rey era muy bueno; pero vivía muy ocupado, atendiendo a los funcionarios y a otras personas importantes. Pasaba el día autorizando y desautorizando. No tenía tiempo para nada. Por su parte, la princesa ¡tenía mucho tiempo libre!

La hija del rey también tenía castillos; sí, tenía varios castillos. Uno para pasar el invierno, otro para el verano; y otros que ella podía usar para ofrecer fiestas, y hasta para que se hospedaran todos los visitantes de distintos lugares.

Las ropas de la princesa eran de las más lindas. Grandes diseñadores y costureros eran contratados para confeccionar aquellos lujosos vestidos. Todas las mañanas, el peluquero real arreglaba los sedosos cabellos de la princesa y le colocaba una corona de piedras preciosas sobre la cabeza. Ella nunca aparecía en público si el cabello no estaba perfectamente arreglado.

Todo el mundo creía que la princesa, además de linda, era feliz, porque tenía todas aquellas comodidades. Pero todos estaban engañados: ella no era feliz.

Cierta vez, la princesa enfermó terriblemente; perdió el apetito y se quedó acostada por mucho tiempo. Comenzó a debilitarse cada vez más.

El rey lo supo, y exigió que vinieran médicos de todos los rincones de la Tierra. Llegaron, rodearon la cama de la princesa, cuchicheaban, anotaban algunas observaciones, y volvían a rodear la cama y a hablar en voz baja. Tomaron la temperatura de la muchacha, se fijaron si tenía fiebre y pidieron un montón de estudios. El rey ordenó que todo fuese realizado de forma cuidadosa y detallada, siguiendo paso a paso lo que los médicos habían pedido. Pero todo fue en vano; parecía que la princesa estaba cada vez peor.

El rey se desanimó y comenzó a irritarse ante cualquier cosa, y dejó de atender de buena manera a las personas. ¡Una verdadera tragedia! El pueblo creía que este reinado no duraría por mucho tiempo; pronto se desmoronaría.

Una señora del castillo, que trabajaba allí desde que la princesa era pequeña, pidió una audiencia con el rey. Ella conversó durante largas horas con el monarca.

Después, el rey salió de la sala del trono, mandó que pusieran un cartel informando que atendería a las personas solamente por las mañanas, y que a partir de aquel día estaría ausente todas las tardes.

En ese momento, entró en el dormitorio de su hija. Del lado de afuera, los funcionarios no sabían lo que estaba sucediendo, pero escuchaban conversaciones y risas. Después, el rey salió y ordenó que hicieran una buena comida para él, para su esposa y para su hija, y que la colocaran dentro de una cesta; iban a salir a comer al jardín del castillo.

La princesa salió del dormitorio. Ya no parecía una persona tan enferma; ni siquiera se la veía triste. ¡Fue una tarde maravillosamente diferente! Todas las tardes, el papá, la mamá y la hija comenzaron a hacer cosas juntos: pasear, leer libros, jugar o, simplemente, conversar.

Nadie entendió cómo, pero la princesa sanó, y tenía un hermoso color en sus mejillas y en su piel.

Todos los habitantes se pusieron felices, porque el rey volvió a cuidar del reino con sabiduría. ¡Quien sabe administrar su propia familia sabe administrar cualquier cosa!

Acerca del autor:

Gerencia de Educación de Editorial ACES. Edita y distribuye libros de texto, recursos didácticos y contenidos digitales para la red de Educación Adventista de Sudamérica.

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