La lengua de la P – Agosto 2016

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La lengua de la P - Agosto 2016

Descubre las experiencias de Sofía en su nueva escuela. ¿Te sentirás identificado con lo que le pasó?

Cambiar de escuela en la mitad del año escolar no es un buen negocio. Sofía lo sabía muy bien, porque ya había pasado por esa experiencia cuando tenía 8 años. El papá había sido transferido de ciudad y ella tuvo que continuar el segundo año en un lugar absolutamente nuevo.

Ahora, que ya habían pasado casi tres años, que ella ya estaba acostumbrada a esa escuela, ahora que tenía muchos amigos, el padre llegó con una noticia: ¡Nueva transferencia! En su empleo, las mudanzas son necesarias más o menos cada tres o cuatro años, de acuerdo con las exigencias de la empresa.

Sofía ni reclamó; no existía la posibilidad de evitar el cambio. Entonces, apenas terminó el receso escolar, se preparó para asistir a su nueva escuela.
Sofía llegó tímidamente. A pesar de su mirada medio baja, rápidamente se dio cuenta que todos ya estaban con sus grupos formados. Bajita y muy flaquita para tener 11 años, tenía miedo de ser el blanco de las burlas de sus nuevos compañeros de clase.

“Va a salir todo bien… Va a salir todo bien… Va a salir todo bien”, se repetía a sí misma. Durante la clase, todo ocurrió dentro de la normalidad; pero sonó el timbre y Sofía trazó una estrategia para hacerse de amigos durante el recreo. Iba a buscar a los chicos que jugaran vóley para juntarse con ellos.

Sofía salió al patio. Vio una rondita de chicas de su clase y pidió permiso para jugar; así entró en la ronda. Pero algo estaba mal. Nadie le pasaba la pelota a ella. Sofía decidió ser optimista y esperar… ¡Nada! Si le pasaran la pelota, verían que, aunque era bajita, ella jugaba muy bien…

De pronto, una de las chicas habló de una manera extraña:
—¿Pevapemos pea pesapelir pede peapequí pey pedepejar pea peepesa pebapejipeta pesopela?
—Pepepero… –respondió otra, mientras todas salían de aquel lugar.

Con la ronda deshecha, Sofía no sabía qué hacer. Sin entender lo que había pasado, se sentó sola y sin ningún ánimo en un lugarcito de la tribuna que había al lado de las canchas en el patio.

—¿Sola?

Sofía hasta se asustó al escuchar la voz de alguien que le estaba hablando a ella.

— Sí —respondió ella, con una sonrisa sin ningún ánimo. Parece que las chicas del vóley se fueron a jugar en otro lugar…

—¡Yo sé cómo es! Mucho gusto, mi nombre es Laura. ¿Quieres aprender a hacer una cajita doblando un papel?

—Quiero —le respondió Sofía, prestando mucha atención a los pasos que la compañera le enseñaba.

Los minutos del recreo fueron pocos, pero, antes que terminaran, Sofía aprendió a hacer la cajita que Laura le había propuesto y, además, le alcanzó el tiempo para preguntarle:

—Laura, ¿qué significa Pevapemos pea… o algo parecido?

—¡Ah…! Usaron la lengua de la P contigo…

— ¿Y qué es eso?

En ese momento, Laura le explicó que era una especie de código. Básicamente, bastaba colocar “pe” antes de cada sílaba de la palabra y las personas estarían hablando la lengua de la P. Le dijo que, generalmente, usaban ese lenguaje cuando no querían que las otras personas las entendieran; partiendo de la base que la otra persona no conocía el código.

Laura y Sofía entrenaron algunas palabras e incluso armaron algunas frases sencillas. Petú peres pemi peapemipega.

A la salida de la escuela, una de las chicas que había estado en la ronda del vóley, se aproximó a Laura y le dijo:

—¿Por qué le enseñaste la lengua de la P a la nueva? ¡Nos mataste la diversión!

—Primero, que eso no es nada divertido. Además, preferí que ella, aquí en la escuela, descubriera la ¡pelenpegua pede pela peapemispetad! —le respondió, confiando en que Sofía podría transformarse en una excelente amiga.

Texto: Sueli Ferreira de Oliveira.
Ilustración: Ilustra Cartoon.

Acerca del autor:

Gerencia de Educación de Editorial ACES. Edita y distribuye libros de texto, recursos didácticos y contenidos digitales para la red de Educación Adventista de Sudamérica.

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