Interacción afectiva

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Interacción afectiva

Uno de los aspectos más relevantes dentro del ámbito educativo es la interacción que se provoca entre profesor/a y alumno/a. Éste enmarcado en valores como el respeto, tolerancia, aceptación, afectividad entre otros, que contribuyen positivamente en la visión que logre el alumno de sí mismo y sus potencialidades.

Si hacemos historia, antes de la década de los setentas, lo plausible era que el maestro fuera severo, distante, basado en la disciplina y con un control conductual dominante sobre sus estudiantes. En las décadas siguientes, el docente tuvo que modificar su metodología y, por lo tanto, el enfoque se fortaleció en la motivación que el profesor podía lograr sobre sus estudiantes para que alcancen metas de aprendizaje. En la actualidad, según la visión constructivista, se pretende que el alumno ocupe un papel protagónico en su aprendizaje, se incentiva la innovación, la proactividad y la creatividad. Estos factores favorecen la trascendencia de la educación y el desempeño que pueda lograr el egresado como ciudadano a corto, mediano y largo plazo. Sin embargo, aun cuando los cambios han beneficiado de alguna manera la relación profesor/alumno, las modificaciones de fondo aún están pendientes, ya que la interacción afectiva que se debe generar en el aula no se manifiesta plenamente y tampoco se le ha dado la importancia que tiene.

Elena de White escribe: “El maestro debe ser apto para su trabajo. Debe tener la sabiduría y el tacto necesarios para manejar sus mentes. Por grande que sea su conocimiento científico, por excelentes que sean sus cualidades en otros ramos, si no logra conquistar el respeto y la confianza de sus alumnos, sus esfuerzos serán vanos. Se necesitan maestros perspicaces para descubrir y aprovechar  toda oportunidad de hacer el bien; maestros que al entusiasmo unan la verdadera dignidad; que sean capaces de dominar y “aptos para enseñar”; que inspiren pensamientos, despierten energía e impartan valor y vida.

Las oportunidades de un maestro pueden haber sido limitadas, de modo que no haya logrado acumular tantos conocimientos como sería de desear; sin embargo, si sabe incursionar en las intimidades de la naturaleza humana; si siente amor sincero por su trabajo, si aprecia su magnitud y está decidido a mejorar, si está dispuesto a  trabajar afanosa y perseverantemente, comprenderá las necesidades de los alumnos y, mediante su espíritu comprensivo y progresista, despertará en ellos el deseo de seguirlo mientras trata de guiarlos por el camino ascendente” (La educación, pp 150)

Cuando los aprendices se sienten inspirados por sus maestros, y ven en ellos un real interés de su parte por ayudarles en el desarrollo de sus facultades, encontrarán la motivación suficiente para lograr sus objetivos. Y los maestros, al preocuparse genuinamente por cada alumno, verán cómo se derriban murallas, cómo conquistan aquellos corazones sensibles y ávidos de aprender, obtendrán su amistad y favorecerán la autoestima de cada uno de ellos, lo cual es esencial para el crecimiento de su personalidad y les fortalecerá su seguridad e interrelación con los demás.

Aún hay mucho por hacer y, con certeza, si permitimos que el Señor guíe nuestros caminos y si le pedimos amor por nuestra labor y por quienes educamos, la misión se cumplirá.

No calles, pero para saber qué decir, primero debemos esforzarnos en escuchar con atención aquello que nuestros alumnos nos quieren decir. Calla para escucharlos, pero habla para interactuar, para empatizar.

No calles cuando es necesario hablar, que el alumno se sienta apreciado y valorado favorecerá el clima en el aula y los resultados individuales. Todo ser humano necesita que se le demuestre aprecio, si esa necesidad no es satisfecha, disminuye la motivación del alumno. Todos necesitamos saber que lo que hacemos tiene importancia. Todos queremos saber que nos valoran, deseamos que el reconocimiento sea auténtico, no forzado.

No calles, cuando el docente busca intencionalmente expresar el aprecio a sus alumnos, todo el ambiente del aula mejora. Alimenta sus mentes y corazones con las mejores palabras, dichas con amor, suavidad y sinceridad. Utiliza palabras que edifiquen. Pide a Dios en oración que te guíe en cómo hacerlo mejor.

Encontrar las palabras justas y adecuadas ¡es un gran desafío! Pero poco a poco aprenderemos a reconocer las palabras que los alumnos no necesitan oír, aunque lamentablemente muchas veces las hemos dicho. Esas palabras las analizaremos en el próximo artículo.

“Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia.” Jeremías 31:3

Acerca del autor:

Facultad de Educación, Ciencias Sociales y Humanidades. Universidad de la Frontera. Chile.

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