El poder emocional de las palabras III

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Dialogo docente - alumno

Cuando pensamos en el triple filtro socrático -“¿es cierto, es bueno, es útil?”- solemos relacionarlo solo con el chisme y las murmuraciones. Sin embargo, son filtros que podemos utilizar en todo tipo de diálogo. En este artículo proponemos llevarlo a la práctica en el ámbito de la educación.

Filtrar nuestras palabras es una forma de mostrar respeto por quienes nos rodean y una manera de proteger nuestra salud emocional. Sócrates, el gran filósofo, respondió con sabiduría cuando alguien le quiso contar lo que pensaba de un tercero. Entonces, lo que voy a escuchar o decir: ¿es verdad? Luego, si es verdad, ¿es bueno? Y finalmente, si es verdad y es bueno, ¿es útil para quienes escuchan? Porque si no es así, Sócrates recomendaba cuestionarnos: ¿para qué decirlo, para qué escucharlo?

Filtros en el diálogo docente-alumno: Lo que voy a decir…

¿Es productivo y necesario?

Aristóteles expresó: “El sabio no dice todo lo que piensa; pero piensa todo lo que dice”.

A veces escuchamos expresiones como “Hablas porque tienes boca”, “Hablas por hablar”, “Si pagaran por hablar tonterías, tú serías millonario”, y otras similares. Como docentes, debemos esforzarnos por construir un diálogo productivo, edificante. Toda palabra u opinión que expresamos sin pensar o sin tener conocimiento de todos los hechos, son palabras que influirán negativamente en la mente de quienes escuchan. Por eso, es necesario que evaluemos las consecuencias de lo que vamos a decir, no sea  que defraudemos la confianza que el alumno depositó en nosotros.

¿Inspira y edifica?

Tristemente, existen docentes con una tendencia a hablar y pensar de sí mismos por encima de los demás, menospreciando a sus alumnos. Por ejemplo: le piden a un alumno que les ayude en alguna tarea y no la desarrolla como aquel esperaba, o simplemente se equivocó al llevarla a cabo. Entonces, el docente reprocha: “Has echado a perder las cosas. Finalmente tendré que hacerlo yo”. Es probable que ese alumno se sienta inferior. Y aquel maestro habrá perdido la oportunidad de enseñar a su alumno con el ejemplo.

Generalmente, cuando estamos cansados o malhumorados somos más propensos a pronunciar palabras inútiles. Debemos ser más cuidadosos durante estos momentos, porque sin duda habrá oportunidades para cambiar el estado de ánimo, pero nunca tendremos la oportunidad de borrar o reemplazar las palabras que expresamos en forma inapropiada o en el lugar incorrecto.

Para que sean palabras que edifiquen a nuestros alumnos, debemos seguir los mismos pasos que se utilizan para edificar una casa. Todo edificio comienza en la mente del diseñador; todo edificio es primero un proyecto o plano sobre el papel. Así también, antes de hablar palabras que no edifican, deberíamos pensar en las posibles consecuencias que esas palabras traerán para los que escuchan. Para construir hay que planificar, para hablar palabras edificantes, también es necesario pensarlas primero.

¿Es bondadoso y amable?

Como ejemplo, planteo una frase que escuché varias veces en el ambiente escolar: “¿Me entiendes o hablo en otro idioma?” Si pensamos objetivamente: ¿Cuál es el propósito al expresar esta frase? ¿Queremos sinceramente saber si el alumno entendió lo que explicamos o estamos comenzando a ridiculizarlo? ¿Estamos ironizando su capacidad de entender el idioma que hablamos?

Si el propósito es que todos entiendan el tema, debemos pensar primero una mejor manera de afrontar el “No entendí” de algún alumno. Sería mejor mantenernos callados antes que contestar así.

En todo diálogo es necesario buscar instancias donde, tanto el docente como el alumno, se sientan cómodos. Pero si sospechamos que se transformará en un problema, en una amenaza que menoscabe la relación, recordemos que es mejor esperar y buscar una mejor oportunidad, un mejor momento para hablar.

Decidir cuándo callar para ayudar a nuestros alumnos es un gran desafío. Pero hay otro desafío que muchas veces olvidamos o no le damos la trascendencia que se merece, pero tiene consecuencias emocionales muy importantes: cuando el silencio del docente daña a los alumnos. ¡Es un gran desafío! Nuestros alumnos necesitan saber cuál es nuestra opinión sobre su desempeño. ¿Se lo estamos diciendo? ¿O solo estamos indicándoles lo que deben mejorar? Vamos a analizarlo en el próximo artículo.

 

Acerca del autor:

Máster en Educación con énfasis en investigación en enseñanzas y aprendizaje. Maestra de profesión y vocación.

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