Capellanía: No perdamos el foco – II

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Salón de clases
“Solo se necesitan pequeños esfuerzos de nuestra parte para ser una adorable fragancia del amor de Dios.” Tamyra Horst

El docente en las diferentes áreas, actividades y conductas debe compartir y vivir el evangelio de tal forma que quienes lo rodean encuentren en él un discípulo de Cristo.

¿Cómo puede hacerlo?

  • Planificación: Diariamente invertimos tiempo en buscar las mejores secuencias de enseñanza-aprendizaje, los métodos adecuados para que nuestros alumnos alcancen su máximo potencial. Para que el alumno crezca espiritualmente también debemos invertir tiempo en la planificación, armar una secuencia para que se produzca un crecimiento paulatino en nuestros alumnos, eso incluye herramientas como la oración y lectura de la Biblia. Brindar apoyo espiritual requiere de intencionalidad en la acción del docente.

  • Preparación de materiales: Disponemos y seleccionamos los elementos didácticos que vamos a utilizar en el proceso de enseñanza aprendizaje, y la misma preparación debemos realizar para los recursos que utilizaremos para mostrar a Cristo en la comunidad educativa.

  • Objetivos que buscamos alcanzar: De la misma manera que nos proponemos logros en el conocimiento académico, debemos plantearnos objetivos a nivel espiritual. Por ejemplo: Que todos mis alumnos aprendan 20 versículos de memoria en el año, o lean, expliquen y apliquen 10 historias bíblicas, etc.

  • Los resultados esperados: Siempre esperamos que la evaluación final de un tema trabajado en el aula sea positiva. Y más aún debemos anhelar que la evaluación final del desarrollo espiritual de la comunidad educativa sea en franco crecimiento. Por ejemplo: Alumnos que disfruten cantando y alabando a Dios y que encuentren un refugio en la oración.

  • Cómo motivarlos: La mayor motivación de aprendizaje y acción, tanto en lo académico como en lo espiritual, será encontrada especialmente en la actitud que el docente manifieste en las vivencias que los alumnos observen. En definitiva, lo importante es recordar que cada individuo poco a poco se transforma en lo que contempla, en lo que vive a diario.

  • Compartiendo ideas con colegas: Es imprescindible no dejarse atrapar por la burbuja espiritual donde, creo que lo mío es lo correcto y mis colegas están equivocados o no tienen nada nuevo para aportar. Todos estamos en un proceso de crecimiento espiritual y todos necesitamos de todos, pero sobre todo necesitamos de Dios.

  • Relación con los padres: Cada docente tiene la responsabilidad de mostrar a Cristo a los padres (tutores o apoderados). Tenemos a cargo una misión: mostrar el amor de Dios no solo a nuestros alumnos sino también a la familia de ellos.

  • Abiertos a la comunidad: Los vecinos nos ven, nos oyen, nos observan y forman su opinión acerca de lo que representa la educación adventista para ellos. La vida de relación con Cristo que mantiene la institución se ve reflejada en cada uno de los componentes de la comunidad educativa.

Como docentes debemos tener en claro que nuestra influencia espiritual no sólo se limita a los alumnos, también alcanza a todos los miembros del personal de la institución, y ¿qué responsabilidad tenemos nosotros como docentes? ¿Qué acciones podemos realizar para colaborar en su desarrollo espiritual?

“Porque nosotros somos como el olor del incienso que Cristo ofrece a Dios, y que se esparce tanto entre los que se salvan como entre los que se pierden”. (2 Corintios 2:15)

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Acerca del autor:

Máster en Educación con énfasis en investigación en enseñanzas y aprendizaje. Maestra de profesión y vocación.

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